En la comunidad

A principios de la década de 1990, la violencia juvenil en Boston parecía fuera de control. Había un tiroteo cada día y medio, lo cual triplicaba la frecuencia de los diez años precedentes. En Halloween, un niño de 9 años había caído bajo el fuego cruzado entre pandillas, lo mismo que un adolescente que se dirigía a una reunión antidrogas. Pero, después de que en 1992 murieran más de 20 jóvenes por disparos de armas de fuego, la tasa cayó a cero en 1996.

Según Paul Evans, comisionado policial de Boston, la clave fue la «colaboración». Se movilizó toda la comunidad. La policía trabajó estrechamente con los maestros y los padres en la identificación de chicos que faltaban a clase o estaban obteniendo notas bajas. El gobierno local y las empresas instrumentaron asesoramiento psicológico, programas educativos y tareas fuera de la escuela para los jóvenes perturbados. Los hogares de estos jóvenes fueron visitados por asistentes sociales. Sacerdotes y pastores actuaron como mentores y proporcionaron familias sustitutas a los chicos que nunca habían tenido en casa a sus dos progenitores o incluso ni siquiera a uno de ellos. Consejeros comunitarios (a menudo ex miembros de pandillas) comenzaron a acompañar a los pandilleros para enseñarles a manejar sus conflictos con palabras en vez de con armas.

No sólo Boston hizo un buen uso del tercer lado. En todos los Estados Unidos, las disputas comunitarias de todo tipo (desde perros que ladran en exceso hasta problemas con propietarios de predios, pasando por controversias por juguetes de niños abandonados en la acera) se someten cada vez más a la mediación de voluntarios entrenados de la comunidad. «Yo recomendaría el proceso [de la negociación mediada] para cualquier disputa que parezca insoluble», dice el juez Clarence Seeliger, quien ha sido testigo de que la mediación resolvió en Atlanta duras disputas de casi un cuarto de siglo acerca del trazado de una autopista a través de los vecindarios locales. «Ellos [los del tercer lado] probablemente impidieron que sacáramos las armas y nos disparáramos por encima de la mesa», dice Hal Rives, líder de uno de los bandos disputantes. «No creo que hubiéramos llegado [al acuerdo] sin ellos.»

También los jóvenes están aprendiendo a mediar. «Si no hubiéramos tenido mediación, me habría peleado con ellas», dice Alisha, una alumna de sexto grado en la Martin Luther King School. Dijo que le había hecho una pregunta a su compañera Elizabeth, y ésta había respondido poniéndole apodos y «cara de asco». Pero en lugar de pelear, Alisha y Elizabeth fueron al Centro para la Resolución de Conflictos, en la planta baja de la escuela, donde pidieron ayuda a un compañero entrenado en mediación. «Resolvieron el problema acordando que tratarían de llevarse bien, sin que ninguna pretendiera hacerse la viva con la otra», explicó Patrice Culpepper, el alumno de undécimo grado que medió en el caso. «En el seguimiento posterior se comprobó que las dos estaban cumpliendo.»

En más de cinco mil escuelas de los Estados Unidos, los niños están recibiendo entrenamiento como mediadores entre compañeros. No esperan a que les lleguen los problemas, sino que van a los patios de recreo y a los corredores donde esos problemas se generan. Lo típico es que trabajen en parejas formadas por un niño y una niña. Ellos se acercan a los compañeros que están discutiendo y peleando, y les preguntan si quieren hablar sobre su conflicto. Se establecen algunas reglas simples: no interrumpir al otro, hablar sobre los propios sentimientos y buscar una solución. La tasa de éxito es alta. Por ejemplo en la escuela primaria Melrose de Oakland no sólo hay cincuenta veces menos suspensiones sino que también se le ha atribuido al programa de mediación una reducción sustancial de la violencia.

Esta tendencia a la resolución consensual de las disputas no se limita a los Estados Unidos. Está apareciendo en todo el mundo, a menudo sobre la base de tradiciones de mediación propias de cada sociedad y cultura. Los hawaianos tienen las tradición del ho’opónopono; los palestinos la llaman sulha, mientras que en los pueblos del Cáucaso los mediadores son los ancianos. Difundiéndose de una sociedad a otra, aprendiendo de las tradiciones locales, la mediación se está convirtiendo en un movimiento de escala mundial.


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